Entre todo este caos que me envuelve últimamente y todas las horas muertas que me ahogan cada día más (culpa mía que sigan siendo muertas, a estas alturas) siempre es bueno recordar que puedo calzarme mis sandalias de suela especial y saltar a la pista con una sonrisa.
Había olvidado que existía una vía de escape a toda esta monotonía.
Bueno, existen dos.
Pero una de ellas me queda a hora y media en tren, y no puedo tomarla siempre que quiero (aunque me salga gratis).
De todas maneras, le he prometido a mi pequeño limón que iré pronto. Estaré allí antes de que logre decir supercalifragilísticoespialidoso tres veces seguidas sin respirar :D
Porque no puedo evitar, por muchas salsas que baile, echar de menos las confidencias bañadas en cerveza, el sombrero de estar guapa, el chaleco amarillo reflectante, las canciones compartidas, las faldas negras, los abrazos y las sonrisas.
Nadie me negará que tiene la mejor sonrisa del mundo. Y que, por tanto, es normal que la eche de menos.
Echo de menos muchas otras cosas, pero no estaba hablando de eso. Estaba hablando de
ELLA (sí, con mayúsculas).

Maldito limón, que te has colado aquí dentro sigilosamente... te voy a dar con el clavijero, y con una botella de Canei.
Y vas a verme tan a menudo que te vas a arrepentir de haberme dicho que no me fuera o, que si me iba, volviera pronto.
Ahora te tocará soportarme y darme mi dosis de optimismo, que en esta ciudad me parece que andan mal de provisiones.
P.D. Te dije que me adelantaría.
Qué le voy a hacer, si eres un coco muy entrañable :)