Hoy he cerrado esa puerta por última vez.
Y lo cierto es que me alegro.
Se acabó la soledad. Se acabó el vivir en el silencio más absoluto. Se acabó la impresión de no sentirme en casa. Se acabó el olor a humedad. Se acabó el eco de mis propias palabras rebotando contra las paredes. Se acabó la insoportable sensación de estar en esa casa vacía sin ti.
Volver se ha convertido, desde hace unos días, en una cuestión de necesidad, aunque eso no vaya a hacer que deje de echarte de menos.
Echo de menos los pellizcos. Las burlas sobre mi viejo plano del metro. Los chicles con sabor a Oraldine. Mi nuevo cepillo de dientes amarillo. Reírnos de los semáforos para bicis (con su conductor incluido). Los mensajes por debajo de la mesa. El crujir de tus huesos. El desayuno sobre la mesa del salón y el zumo recién exprimido. Engancharme a series horribles sólo por verlas contigo. Esperarte. Nuestro reflejo en los cristales del metro. Que me saques a bailar.
Entre toda esta incertidumbre que nos envuelve, creo que podría acostumbrarme, sin mucho esfuerzo, a tu innovador sistema de refrigeración, a tus rutinas de piel sensible, a tu pasión por youtube, a tus frases sin vocalizar, a tu obsesión por las zapatillas, a tu pasmosa facilidad para quedarte dormido, a bailar kizomba, a tus ronquidos, a vivir encerrada en un tren de cercanías.
Creo que podría acostumbrarme a ti. Y no por ello dejarías de sorprenderme.
A pesar de las espirales y los puntos muertos, sé que esto es lo que quiero.
Y también sé que hay demasiadas personas en esta ciudad que utilizan el mismo perfume que tú.
a tí, que ya no serás quien fuiste
Hace 11 meses